En realidad todos somos místicos. El ser humano ha sido creado con todo el potencial necesario para desarrollar una relación plena con Dios, aquí, ya, en este mundo. No es extraño esto ya que el corazón busca la vuelta a su origen, recuperar su verdadera naturaleza, reencontrarse con su creador. Nuestro interior contiene por tanto un mundo de posibilidades infinitas de búsqueda de la unión con la divinidad.